Cuando #putosjudios fue “trending topic”

Opinión
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El historiador Joan B. Culla i Clará se preguntaba en el diario El País del pasado miércoles: “¿No debería la matanza del hiper judío haber suscitado una simétrica abominación del antisemitismo en todas sus formas?”; y se respondía: “La ha habido en la política institucional francesa, desde luego, pero mucho menos en la calle, y todavía menos en nuestros medios de comunicación”. El historiador tiene toda la razón. Los cuatro judíos asesinados por el terrorista Amedy Coulibaly en un establecimiento de comida kosher de París, inhumados en Jerusalén el martes sin la relevancia oficial y mediática de las otras víctimas, parecen haberse evaporado en la conciencia colectiva. Como relata en su artículo Culla i Clará, “en una curiosa inversión de roles, estos días la prensa española se ha referido mucho más al potencial ascenso de la islamofobia que a la realidad palmaria de una judeofobia mortífera.

El historiador Joan B. Culla i Clará se preguntaba en el diario El País del pasado miércoles: “¿No debería la matanza del hiper judío haber suscitado una simétrica abominación del antisemitismo en todas sus formas?”; y se respondía: “La ha habido en la política institucional francesa, desde luego, pero mucho menos en la calle, y todavía menos en nuestros medios de comunicación”. El historiador tiene toda la razón. Los cuatro judíos asesinados por el terrorista Amedy Coulibaly en un establecimiento de comida kosher de París, inhumados en Jerusalén el martes sin la relevancia oficial y mediática de las otras víctimas, parecen haberse evaporado en la conciencia colectiva. Como relata en su artículo Culla i Clará, “en una curiosa inversión de roles, estos días la prensa española se ha referido mucho más al potencial ascenso de la islamofobia que a la realidad palmaria de una judeofobia mortífera.

Manuel Valls, el primer ministro francés, ha admitido en la Asamblea Nacional que el antisemitismo es un problema a abordar en Francia en donde vive la comunidad judía más nutrida de Europa (el 0,7% de la población francesa). Los judíos franceses -que han padecido no pocas agresiones, algunas asesinas- se están marchando lentamente del país para instalarse en Israel. Los judíos europeos en general sienten temor. Y sus razones son poderosas para albergarlo. El pasado día cinco de enero visité el gueto de Roma -así se llama en la capital italiana el pequeño barrio judío- y su espléndida Sinagoga construida en la orilla del Tiber en 1904. Causa rabia la intolerable normalidad con la que se asume que los centros judíos y las sinagogas -lo mismo me ocurrió en la de Berlín que traté de visitar en agosto pasado- han de estar permanentemente custodiados por la Policía y por la propia comunidad judía. Los judíos romanos no pueden olvidar el atentado contra los creyentes que salían de sus rezos en la Sinagoga: los terroristas mataron a Stefano Tache -un niño de dos años- e hirieron a 34 personas más.

Esta situación de constante sensación de peligro la están experimentando prácticamente todas las comunidades judías en muchos países europeos. Algún ingenuo pensará que España sería una excepción. No lo es. Según un estudio demoscópico realizado en mayo del pasado año por la Liga Antidifamación, con entrevistas a 53.100 personas, nuestro país es el tercero en la lista de los más judeofóbicos en el viejo continente, sólo superado por Grecia y Francia. Las respuestas, en altos porcentajes de consultados españoles, incurrían en la mayoría de los estereotipos de rechazo hacia los judíos. Hasta un 48% de los españoles preguntados consideraron que los judíos ¡hablan todavía demasiado del Holocausto!, un 12% los creen responsables de la mayoría de las guerras y un 17% que “la gente odia a los judíos por su comportamiento”.

Es verdad que en España no se han producido atentados terroristas contra los judíos en las últimas décadas. Pero hay una cultura antisemita que se percibe desde el diccionario (“judiada” y “Sabbat” tienen acepciones peyorativas en nuestro diccionario) hasta el relato histórico que sigue entendiendo y justificando la expulsión de los judíos españoles sin que emerjan con pujanza los análisis críticos de las pésimas consecuencias que semejantes políticas inquisitoriales tuvieron para el devenir de nuestro país (léase la extraordinaria obra de Ramón Carande, Carlos V y sus banqueros y la Historia de los españoles de Bartolomé Bennassar, ambas editadas por Crítica). Por ese ambiente viciado, los judíos españoles prefieren la discreción más absoluta. Son víctimas, además, de la grave confusión, a veces dolosa, entre judaísmo y Estado de Israel. Es lacerante que a un armamento se le adjetive de judío (“Tanques judíos en Gaza” titulaba recientemente un periódico), en tanto que a nadie se le ocurra lo propio titulando “un tanque musulmán” en cualquier localización bélica.

No hay atentados pero sí chispazos sintomáticos de un profundo antisemitismo en España. Los hay en la política: con Franco eran las conspiraciones judeo-masónicas; en la democracia, con un inveterado y acrítico sesgo pro árabe y pro palestino en casi todas las fuerzas políticas que ha empapado -hasta el mismísimo presente- la política exterior. Pero hay también judeofobia en la sociedad. Uno de los episodios más bochornosos producidos en el espacio del debate público español se dio en mayo de año pasado cuando el Maccabi de Tel Aviv ganó la euroliga de baloncesto al Real Madrid.

El resultado del encuentro despertó odios ancestrales. Bajo el hashtag #putosjudios se leyeron tuits bochornosos y, a mí no me cabe la menor duda, también delictivos: “Putos judíos de mierda. Esto con Hitler no pasaba”; “Ahora entiendo a Hitler y su odio hacia los judíos”; “Puta Israel y putos judíos”: “Judíos de mierda os deberían meter a todos en un horno JOSDEPUTA” y así hasta 18.000 tuits que hicieron de #putosjudios el ‘trending topic’ de la noche del partido. No hubo detenidos. Las comunidades judías protestaron. Nadie dijo nada y se olvidó (o se ha creído que un episodio así puede olvidarse).

Desagradable realidad la española y su antisemitismo, pero cierta. Nuestro país es intolerante con los temas religiosos. Juan Rodríguez Teruel, investigador del grupo Agenda Pública (“Más de la mitad de los españoles no aceptarían las sátiras de Charlie Hebdo”) mantiene la tesis de que España no es un país de ciudadanos especialmente holgados en sus criterios. Y aduce el estudio sobre religiosidad publicado por el CIS en febrero de 2008: para el 55,3% resultaba inaceptable la utilización de símbolos religiosos con fines humorísticos en los medios de comunicación frente a un 34,6% que lo encontraba aceptable. En estas circunstancias, el judaísmo merece, por lo menos, la misma defensa cerrada que el islamismo. En un próximo viaje a París, por eso, volveré a visitar la Sinagoga en Le Marais y pasearé por la Rue des Rosiers porque, además de otras cosas, je suis juif français como esos cuatro a los que Coulibaly asesinó sólo por el hecho de serlo



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