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WASHINGTON.- Si Barack Obama logra la reelección, debería considerar el nombramiento de MittRomney como su nuevo secretario de Estado.
Me atrevo a sugerir esta descabellada propuesta porque lo que ha surgido en la segunda década posterior al 11 de Septiembre es un notable consenso entre demócratas y republicanos sobre el núcleo central de la política exterior estadounidense. No es un alineamiento exacto, pero rara vez desde el fin de la Guerra Fría existió tan alto grado de acuerdo.
¿Alguna vez se han preguntado por qué la política exterior no ocupa un lugar central en la campaña de 2012? Obviamente, el país está centrado en sus problemas económicos. Pero hay otra razón: a Romney le ha resultado difícil encontrar los puntos débiles de la política exterior de Obama, porque no es tan distinta de la que él propone.
Después del 11 de Septiembre, se forjó un consenso que zanjó las diferencias ideológicas. Y será perdurable. Paradójicamente, tanto los éxitos como los fracasos de George W. Bush colaboraron para que exista ese acuerdo. Su exitosa mano dura contra el terrorismo hoy forma parte del nuevo consenso bipartidario. Y sus políticas fallidas han tenido efectos también profundos. Esas aventuras generaron una reacción contraria a las campañas militares innecesarias que hoy forman parte del credo de ambos partidos.
Por supuesto que existen diferencias entre Romney y Obama. Pero salvo la distinción de que los republicanos serían más permisivos con Israel y más duros con Rusia, las coincidencias son mayoría. El nuevo consenso se basa en cuatro principios:
El poderío exterior norteamericano está unido a la cohesión en el interior del país. Los puntos de debate son similares: primero construir nuestra nación. Es decir, prestar atención a lo que se gasta en el exterior, y concentrarse en las fatídicas 5 D de la situación interna: deuda, déficit, decadencia de la infraestructura, disfuncionalidad política y dependencia hidrocarburífera de Medio Oriente. Con un presidente demócrata o uno republicano, las prioridades internas marcan el camino de una retracción de la presencia norteamericana en el mundo en los años por venir.
El segundo punto es la necesidad de matar a los malos en el exterior antes de que puedan matarnos a nosotros, pero hacerlo sin invadir países y tener que reconstruirlos. Bush puede jactarse de que después del 11 de Septiembre no hubo más ataques en suelo norteamericano, y Obama pudo mantener ese récord. El combate contra el terrorismo es un verdadero esfuerzo bipartidario.
El tercer principio es: mejor terminar las guerras que empezarlas. Sin importar quién llegue a la presidencia, quien intente encarar nuevas aventuras en el extranjero no cosechará adhesiones. Los demócratas y los republicanos tal vez hayan descifrado la incógnita: las guerras y las intervenciones discrecionales demandan más éxito.
El cuarto punto es: Estados Unidos no puede salvar solo el mundo, ni pretender hacerlo. El mayor desafío es saber cuándo y cómo intervenir de una manera coherente con nuestros intereses y recursos.
No sólo en estos temas están de acuerdo los candidatos. En cuanto a Irán, no veo diferencia entre el modo en que Obama enfrenta el programa nuclear iraní y el modo en que lo haría Romney. Si para 2013 las sanciones y negociaciones no resultan en un acuerdo sustentable, pueden suceder sólo dos cosas: o ataca Israel o atacamos nosotros.
La agenda de la libertad es un capullo que floreció con George W. Bush. La "primavera árabe" se convirtió en un largo y frío invierno, las perspectivas de una rápida y fácil democratización de Medio Oriente son casi nulas. Un eventual gobierno de Romney podría imponer un discurso más fuerte en torno a la libertad y tal vez uno más crítico sobre los islamistas, pero debería enfrentar la misma escasa influencia que tiene Obama.
Desde 2009, Obama aprendió mucho en lo relativo al compromiso diplomático, y parece haberse acercado al pensamiento más duro de Romney sobre las pobres ventajas de relacionarse con Hugo Chávez, el régimen de Kim en Corea del Norte y Bashar al-Assad.
Paradójicamente, en el único punto en el que se diferenciarían es en Israel y en el tema del proceso de paz. Obama quiere que avance. Para Romney, el proceso de paz no será prioritario a menos que israelíes y palestinos lo conviertan en una prioridad.
El nuevo consenso indica que el mundo es un lugar más desafiante que nunca, y tanto demócratas como republicanos están aprendiendo que no pueden controlarlo. La nueva división en política exterior es clara. Ya no es entre izquierda y derecha, ahora es entre tomar decisiones inteligentes o tontas. Espero que el próximo presidente -sea quien sea- sepa de qué lado quiere quedar Estados Unidos..
http://www.lanacion.com.ar/1476711-en-politica-exterior-los-dos-son-uno
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